Ceuta y Melilla, las plazas de la discordia
(DT) :: 30/04/1983
Domingo del Pino. Historia 16 N° 85, 1983
Desde la independencia de Marruecos, en 1956, hasta nuestros días, los contenciosos territoriales condicionaron de manera decisiva las relaciones entre Madrid y Rabat. El fraccionamiento de la solución del paquete de problemas coloniales españoles en África dio lugar a que España y Marruecos viviesen momentos de gran tensión, de guerra incluso, en diferentes períodos después de 1956.
Ceuta, Melilla y las islas próximas a la costa del Rif forman parte de la enorme reivindicación territorial con que el nacionalismo marroquí sorprendió al mundo en los meses que precedieron y siguieron a la independencia de 1956. La reafirmación pública y moderna por Marruecos de esta reivindicación es contemporánea a la controversia entre los dos países a propósito del Sahara occidental ex español (1).
Desde entonces, y de una manera formal, la doctrina oficial de Marruecos es relacionar el planteamiento y la evolución de esa exigencia territorial marroquí a los avances similares que España pudiera alcanzar con respecto a su reclamación de Gibraltar a Gran Bretaña.
Después de poner término al conflicto del Sahara con España mediante los acuerdos tripartitos de Madrid de 1875, en noviembre de ese mismo año, el rey Hassan II expuso, en un discurso con motivo de la fiesta tradicional del Aid el Adha (que ese año coincidió con la Navidad cristiana), lo que hasta el presente constituye la doctrina oficial de Marruecos respecto a Ceuta, Melilla y los peñones.
Allal el Fassi y el Gran Mogreb
Los cambios políticos ocurridos en la mayor parte de los países mediterráneos vecinos de Marruecos, Francia, España, Grecia y Portugal, añadidos a la existencia de una Argelia en histórica y práctica competición con Marruecos, hicieron surgir en Rabat una sensación de aislamiento. Para la reinserción político-estratégica buscada por Marruecos en el área norteamericana y para las futuras tareas que ésta le puede imponer, la posesión de Ceuta y Melilla se percibe en la actualidad como imperativa.
De ahí que la anterior asociación con Gibraltar haya sido parcialmente postergada y que la reivindicación de Ceuta y Melilla, y las islas mediterráneas frente a la costa del Rif, sea presentada actualmente con un mayor apremio. Cuando Francia y España ratificaron la independencia de Marruecos, el 3 de marzo y el 17 de abril, respectivamente, los territorios que ambas devolvieron al trono alauita sumaban 430.810 kilómetros cuadrados. Pocos días antes de la independencia, sin embargo, el líder nacionalista y jefe del partido Istiqlal, Allal el Fassi, había reivindicado oficialmente el vasto imperio que atribuía a los antiguos jerifes descendientes del profeta Mahoma.
El diario Al Alam. portavoz oficial del Istiqlal, publicó, el 5 de junio de 1956. el mapa de ese Gran Mogreb reclamado. Sus fronteras se extendían por el sur hasta San Luis de Senegal (Dakar), y comprendían el Sahara occidental español, el Sahara central argelino, Mauritania y. obviamente. Ceuta, Melilla y los peñones.
La superficie total reclamada por Marruecos sobrepasaba los dos millones de kilómetros cuadrados, es decir, más de cuatro veces la superficie del país que había alcanzado la independencia. Allal el Fassi reivindicaba de España Tarfaya (26.000 km2), Ifni (1.600 km2), Sakiet el Hamra (150.000 km2), Ued ed Dajab o Río de Oro (94.300 km2) y Ceuta y Melilla (31 km2).
De todas las vastas reclamaciones lanzadas por Marruecos, sólo las que concernían a España pudo solventarlas favorablemente. Tarfaya fue devuelta por Madrid. en 1958; Sidi Ifni, la antigua Santa Cruz de Mar Pequeña, en 1969, tras una pequeña guerra, y el Sahara occidental en 1975, después de la Marcha Verde. Ceuta y Melilla constituyen para Marruecos los residuos de aquel poderío colonial español, la última fracción del expediente territorial con España.
Desde el punto de vista del llamado derecho de descolonización, introducido por la resolución 1.514. votada por la Asamblea General de la ONU de 1960, admitida como punto de referencia por todos los países del Tercer Mundo. la defensa jurídica de Ceuta y Melilla en instancias internacionales, como propuso el rey Hassan II a España (2), parece menos consistente incluso que la intentada para el Sahara occidental a propósito del cual se podía y se puede argumentar el principio de la intangibilidad de las fronteras heredadas de la colonización establecido por la Organización para la Unidad Africana (OUA), como fundamento para la convivencia de los modernos estados africanos.
Respecto a las reivindicaciones del Sahara central argelino. y antes de la independencia de Argelia. Marruecos había logrado que el entonces Presidente del Gobierno Provisional Revolucionario Argelino (GPRA), Ferhat Abbas, firmase un documento secreto con Mohamed V, en el cual aceptaba como inaplicable a Marruecos y Argelia el principio del respeto de las fronteras heredadas de la colonización.
Aquel pacto secreto de Ferhat Abbas no fue aceptado, obviamente, por la Argelia independiente. Marruecos hizo público el texto del pacto el 21 de octubre de 1963, poco antes de lanzarse a una guerra con Argelia, que comenzaba a afianzarse como país independiente, por ese problema de fronteras. Y aunque algunos partidos marroquíes mantienen latente la reivindicación del Sahara occidental argelino. El rey Hassan II declaró solemnemente, en febrero de 1981, que no existe ya ningún conflicto fronterizo entre Marruecos y Argelia. Quedan simplemente por homologar unos 40 kilómetros de frontera entre el Uarkzis y la frontera marroquí-mauritana.
Declive en Marruecos
El destino de la reivindicación de Mauritania por Allal el Fassi fue diferente. El movimiento nacionalista no le siguió en este caso. La izquierda del Istiqlal, que se había escindido en 1962 para constituir la Unión Nacional de Fuerzas Populares, UNFP, se distanció del partido madre a este respecto. La posición de Marruecos fue expresada el 10 de junio de 1960 por el entonces príncipe heredero Muley Hassan: No es nuestro interés que los caides marroquíes administren Mauritania, que las carreteras. y los servicios de sanidad, corran por cuenta nuestra. Lo que deseamos es una especie de unión personal, de Estado a Estado.
La influencia política de España en Marruecos, la implantación del capital o de las empresas hispanas, la cooperación cultural, han declinado considerablemente desde la independencia de Marruecos en 1956. La lengua española ha retrocedido notablemente en un país que cuando accedió a la independencia contaba con cerca de tres millones de hispano-parlantes. En parte por un sentimiento colonialista anacrónico herido; en parte por un despecho mojigato. España se despreocupó olímpicamente de Marruecos después de 1956.
Los intelectuales marroquíes hispanófonos reprochan a España esta inhibición que les ha perjudicado a ellos de rechazo. Veintisiete años después de la independencia de 1956, España no dispone en ese país de ningún lobby. en la acepción positiva de la palabra, en el cual apoyarse para estimular la necesaria cooperación y amistad, la inevitable defensa de los intereses fundamentales españoles, como sí se puede decir que existió en Madrid a favor del rey Hassan II y sus propósitos en períodos diferentes de la historia de España.
El estado de confrontación permanente o recurrente en que mantuvo el fraccionamiento de la solución de los problemas coloniales a las relaciones hispano-marroquíes, las incertidumbres y las inseguridades que ello supone para una cooperación económica e incluso política que trascienda lo coyuntural, es probablemente responsable del distanciamiento político y económico existente.
Con poca visión de futuro, cada vez que accedía a la solución de un problema territorial, España prefirió obtener beneficios y privilegios inmediatos. en la mayoría de los casos relacionados con la pesca, sin preocuparse por crear una interrelación de intereses. Naturalmente, cuando un nuevo problema territorial surgía, esos privilegios eran puestos en entredicho por los marroquíes.
En el presente, y en contra de lo anterior, puede decirse que Marruecos propone a España liquidar lo que ellos consideran el último expediente colonial, el más importante y de mayores posibles repercusiones internas para España, en el marco de un proyecto de cooperación global amplio y a largo plazo (3).
Como pieza clave de la estrategia marroquí está la oferta a España de recuperar la influencia global en Marruecos, abrir nuevos campos de cooperación antes no existentes, basados naturalmente en los criterios que rigen las relaciones entre Estados modernos y soberanos.
Especificidad
España ha debido responder a las reivindicaciones marroquíes sobre Ceuta y Melilla, y las islas adyacentes, después de 1956. El convencimiento imperante en los círculos del poder español de que todo lo que atañe a esas ciudades es tan asunto interno español como lo que pueda relacionarse con Madrid, Toledo o Sevilla, por ejemplo. ha dado lugar a que la argumentación española no sea muy abundante.
Está claro, sin embargo, que existe una cierta especificidad en torno a estas provincias. Primero, por su separación geográfica del territorio peninsular; segundo, porque sobre ellas gravita una reclamación extranjera, que puede ser ignorada y eventualmente menospreciada, pero no eliminada; tercero, porque, efectivamente, esos territorios están enclavados en el espacio geográfico continuo de Marruecos, y ello plantea ineludibles problemas comunes de seguridad, tránsito de personas y mercancías, dificultades de desarrollo comercial, industrial, portuario, de las zonas adyacentes, problemas de aguas jurisdiccionales, de vigilancia marítima y aérea, de disponibilidad del estrecho de Gibraltar, entre otros.
La esencia de la doctrina española sobre esta materia fue esbozada por Fernando María Castiella cuando siendo ministro de Asuntos Exteriores debió defender por primera vez ante la XVIII Asamblea General de la ONU los puntos de vista de España. Marruecos había planteado su contencioso territorial con España ante la ONU a fines de 1961, y solicitaba que el Gobierno de Madrid iniciase negociaciones con el marroquí por este motivo.
La situación entre los dos países era en ese momento muy tensa, debido a que se negociaba la retirada de las tropas españolas que habían permanecido en Marruecos después de la independencia. El 31 de agosto, España retiró la última bandera de la Legión Extranjera hacia Ceuta y Melilla, en un gesto que fue inmediatamente calificado de provocación por el entonces ministro marroquí de Defensa, Mahyubi Ajardán.
Después de la muerte del sultán Mohamed V, y ya en el trono alauita su primogénito, Hassan II, éste dio un paso importante y decidió proceder por etapas, fraccionando el importante paquete de problemas territoriales con España. Fue una decisión que la oposición y algunos partidos leales le reprochan hoy, pero que por aquel entonces contó con el aval del partido Istiqlal, que aglutinaba a todas las tendencias nacionalistas (4).
En todo caso, en el famoso encuentro de Barajas de julio de 1963 entre el general Franco y el rey Hassan II, este último aceptó postergar su reclamación sobre Ceuta y Melilla a cambio de que España accediese a solucionar los contenciosos relativos a Ifni y el Sahara occidental. En realidad, Marruecos se encontraba entonces en plena crisis con Argelia por otro problema de fronteras, y difícilmente podía permitirse abrir un nuevo frente.
Es, fundamentalmente. el derecho a la descolonización, establecido por la resolución 1.514 de la ONU, la principal base doctrinaria y filosófica a la cual recurre Marruecos en la actualidad, y que será probablemente el núcleo de su argumentación el día en que el problema sea abierto y formalmente planteado en la ONU, si antes no llega a un diálogo bilateral con España.
Argumentos
Según España, ya en el siglo ni, el territorio norteafricano era una provincia de la Hispania romana que llevó el nombre de Nova Hispania Ulterior Tingitana. Más tarde, Tánger fue capital de la provincia ducal hispano-visigótica de Africa. Después de la Reconquista, Ceuta volvió a ser española, en 1415, y Melilla, en 1497.
Cuando las coronas de Castilla y Portugal se unieron, en 1580, Ceuta pasó a ser española. Cuando ambas coronas se separaron, en 1640, Ceuta fue cedida por Portugal a España. La soberanía española sobre Ceuta y Melilla, y el carácter hispano de éstas, es anterior al nacimiento de Marruecos como Estado, y en consecuencia la disputa sobre soberanías anteriores escapa a la consideración de Marruecos.
Los marroquíes responden que la jurisprudencia internacional moderna ha introducido el derecho de la descolonización que tiene como base la resolución 1.514 (XV) de 14 de diciembre de 1960 de la ONU. Tal resolución permite cuestionar algunos principios del derecho internacional clásico, muy en especial sobre algunos aspectos relacionados con la colonización de territorios no europeos.
Además, los sultanes idrissis crearon ya en el siglo noveno un Estado musulmán en Marruecos. La dominación de Ceuta y Melilla por España, jurídicamente establecida y reconocida, data so-lamente de los siglos XVIII y XIX El testamento de Isabel la Católica del 12 de octubre de 1504, en virtud del cual España se lanzó a la conquista de la orilla africana del Mediterráneo, fue dictado inmediatamente después de la Reconquista, y tenía un marcado carácter revanchista.
Siguen diciendo los marroquíes que Ceuta, Melilla y los peñones constituyen enclaves en el interior de Marruecos, al igual que Gibraltar lo es en el interior de España. Ambos dependen totalmente, o en gran medida, del hinterland para su subsistencia. Geográficamente forman parte del territorio marroquí y español, respectivamente.
Aunque la integración geográfica por sí sola no confiera soberanía, no cabe duda de que la doctrina de la contigüidad es desfavorable a la pervivencia de enclaves encerrados en territorios extranjeros que vayan contra la concepción unitaria de los fundamentos territoriales del estado moderno.
A esto responde España que la geografía no contó excesivamente cuando se crearon los estados modernos. La idea de territorio sin solución de continuidad surgió más recientemente, en los siglos XVIII y XIX, y por lo tanto no es aplicable al caso de Ceuta y Melilla.
La soberanía española sobre Ceuta y Melilla fue reconocida en los siguientes tratados internacionales:
—El acuerdo de junio de 1496 entre España y Portugal.
—El tratado de Cintra de 1509.
—La paz de Londres de 1603 y la de Westfalia de 1648. La paz de los Pirineos de 1659. Los tratados o paces de Nimega (1678), Utrecht (1713), La Haya (1720), de Viena (1725), de San Ildefonso (1777), de Versalles (1783), de Aquisgrán (1784), con Napoleón (1798), de Amiens (1802), de Fontainebleau (1807).
—La Conferencia de Seguridad Europea de Helsinki de 1975, que reconoce las fronteras de los Estados asistentes.
Asimismo, fue reconocida por los siguientes tratados con los sultanes marroquíes:
—El tratado de Paz y Comercio de 1767.
—El tratado de Paz, Amistad. Navegación. Comercio y Pesca de mayo de 1780.
—El tratado de Mequinez de 1799.
—La convención de Larache, mayo de 1845.
—Las convenciones de 1856 y 1859.
—El tratado de paz y amistad de Tetuán de abril de 1860.
—El acta de Tánger de 1862 y el acuerdo de Dras Sayet de 1863.
—El protocolo de junio de 1871 y el acta del 29 de abril de 1891.
—La convención del 5 de marzo de 1894.
—El acta de Algeciras de 1906.
Replica Marruecos que la argumentación española reposa sobre tratados y convenciones firmados por Marruecos en los siglos XVIII y XIX. Sin embargo, fueron los sultanes idrissis los que constituyeron en el siglo IX el primer Estado musulmán en Marruecos, y de esta época ningún convenio avala las pretensiones españolas.
Los acuerdos firmados con los sultanes por España fueron además reiteradamente violados por ella, con lo que se cuestiona la autoridad jurídica de éstos. Las plazas en cuestión ya pertenecían a otro Estado (no eran res nullius) cuando fueron cedidas a España. Los tratados más importantes esgrimidos por España suceden a una conquista y ocupación por la fuerza, y en
consecuencia puede estimarse que fueron firmados bajo coacción.
España alega que más del 90 por 100 de la población de las plazas africanas españolas es española, y vive allí desde hace varias generaciones. En los registros civiles, que tienen varios siglos de antigüedad, no figura ningún nombre árabe. Tal argumento es contestado por Marruecos: Los habitantes originarios fueron expulsados y sustituidos por una población foránea.
Ambas ciudades no perdieron el carácter de presidios. Por otra parte, hasta 1906 y 1907, y su verdadero desarrollo no se produjo hasta después de 1900, cuando sociedades belgas, alemanas, francesas y españolas se interesaron en la explotación del hierro y el plomo de la región próxima a Melilla.
Afirma España que ha practicado durante siglos una ocupación efectiva, militar, administrativa y económica de esos territorios. Esa efectividad es un criterio objetivo fuente de derecho, y el acuerdo de Marruecos no es necesario para que los derechos de soberanía de España sobre esos territorios existan, puesto que durante un largo período de tiempo no fueron puestos en tela de juicio.
Ceuta y Melilla, añade, permanecieron al margen de la regulación da Protectorado español de Marruecos, y ningún organismo de la zona colonial tuvo competencia sobre esas plazas de soberanía que, desde la época de Roma, disfrutaron del mismo estatuto que las ciudades de la Península.
Pero Marruecos argumenta que la dominación española sobre los presidios nunca fue aceptada ni por el Majzen (gobierno central), ni por las tribus vecinas a los territorios. Ejemplos, el sitio de Ceuta por el hijo de Mulay Ismail, que duró veintisiete años (de 1700 a 1726), y el ataque de las tribus Anyera contra Ceuta, que dio origen a la guerra hispano-marroquí de 1860.
A la segunda parte del anterior argumento español, los marroquíes responden que sí hubo interrelación de Ceuta y Melilla con el Protectorado español de Marruecos. El decreto del 27 de febrero de 1913 determinó que los presidios pasaran a depender del Comisariado de España en Marruecos, excepto para asuntos militares y de personal técnico. En 1924 se creó una oficina de Marruecos, dependiente de la presidencia del consejo de gobierno español, que extendió a los presidios el régimen de zona de influencia.
El 19 de julio de 1934 se confirió al alto comisario español en Marruecos la calidad de gobernador de Ceuta y Melilla. Por ley del 8 de noviembre de 1941, el alto comisario fue nombrado gobernador general de los territorios de soberanía española. y de él pasaron a depender administrativamente los presidios.
España sostiene que en la Edad Media las gentes de esas cosías ofrecieron vasallaje (allegeance) a los reyes de Castilla. Un noble de Cazaza ofreció la plaza a los Reyes Católicos. En 1878, los rifeños pidieron a España que les gobernase. Después de la independencia de Marruecos en 1956. los rifeños, sublevados en 1957 y 1958 en el Rif, enviaron a un grupo de notables a solicitar ayuda militar al general Galera.
A pesar de las reiteradas gestiones marroquíes, los territorios de Ceuta y Melilla no fueron nunca inscritos en la lista de territorios no autónomos elaborada por la ONU en 1947 y publicada en 1962.
Pero los marroquíes objetan que la propia España expresó en varias ocasiones el deseo de ceder o intercambiar esas plazas cuando las condiciones políticas y económicas lo exigieran. Después del sitio de Ceuta de 1700 a 1726, Carlos III planteó públicamente la conveniencia de devolver esas ciudades a Marruecos, porque las consideraba de mantenimiento oneroso y de porvenir dudoso.
Gibraltar, como ejemplo
Hacia 1820, además, debido al elevado coste de su mantenimiento, los españoles contemplaron cederlas, y en 1821 la cesión fue autorizada por las Cortes. En 1917, Primo de Rivera propuso trabajar por la permuta de la plaza y la bahía de Gibraltar por la plaza y la bahía de Ceuta. y, si es preciso más, ofrecer la leal renuncia a todas las pretensiones sobre Tánger, y si más hace falta, ir complementando la oferta con tierras e islas de Africa sobre las que ejercemos influencia o soberanía, sin encontrar otro límite para retirarnos del trato que el que marca la intangibilidad del territorio peninsular y el de los archipiélagos balear o canario.
Según Marruecos, España reivindica Gibraltar a pesar de dos siglos y medio de ocupación británica. Geográficamente, los dos casos presentan las mismas características de enclaves en el interior del territorio de Marruecos y España. Sólo pueden sobrevivir gracias a la apertura marítima sobre la potencia ocupante.
La ocupación de ambas resulta de una conquista. Las condiciones de poblamiento y estructura demográfica es similar en los dos casos. En ambos casos, sus respectivos ocupantes han mantenido una política de poblamiento restrictiva, como lo prueban las reglamentaciones de inmigración existentes y en vigor en ambas.
Los españoles se han quejado con frecuencia de que Gibraltar, con su estatuto de plaza militar, constituye un peligro para su seguridad. Ese argumento es igualmente válido para Ceuta y Melilla, que constituyen ante todo plazas militares y en las cuales están estacionados permanentemente importantes contingentes de tropas españolas.
Otro factor de semejanza en los dos casos lo constituyen los efectos nefastos del especial régimen aduanero de Gibraltar, y Ceuta y Melilla, sobre las regiones vecinas de España y Marruecos. El argumento resulta inaceptable para España, porque Gibraltar no es territorio de soberanía británica. España sólo cedió la plena y entera propiedad del castillo de Gibraltar y de la ciudad, con su puerto. defensas y fortalezas. España ostenta, sin embargo, en el norte de Africa la plena soberanía sobre Ceuta y Melilla.
España se reservó el derecho de retracto en el caso de que Gran Bretaña quisiera dar, vender o enajenar de cualquier modo la propiedad de la ciudad de Gibraltar. Marruecos no tiene ningún derecho de retracto sobre Ceuta y Melilla.
Nacionalismo reivindicativo
Los habitantes de Gibraltar no son étnica o racialmente íngleses, mientras que los habitantes de Ceuta y Melilla son españoles. Los habitantes de Gibraltar no poseen la ciudadanía inglesa, y por tanto necesitan pasaporte especial y permiso de residencia en Gran Bretaña, a la par que les está prohibido desempañar cargos públicos. Ceutíes y melillenses siempre fueron súbditos españoles de pleno derecho, y entre ellos y los habitantes de la Península no existe absolutamente ninguna distinción.
La población gibraltareña tiene un carácter ficticio, son gente de aluvión, que se establecieron allí sobre la base de una situación de fuerza traidos de las diferentes colonias británicas, mientras se desplazaba a la población autóctona. Culturalmente, no son sajones.
Por el contrario, en Ceuta y Melilla siempre vivieron españoles, y sólo muy recientemente se admitieron asiáticos y marroquíes. Desde el punto de vista cultural, no existe entre ellos ninguna diferencia con los peninsulares.
La mayoría de los actuales líderes políticos marroquíes surgieron con el movimiento nacionalista independentista de los años cuarenta. La renovación generacional no les ha alcanzado. A la derecha, la izquierda y en el centro, el nacionalismo reivindicativo territorial constituye, aún hoy, debido a la persistencia del contencioso de Ceuta y Melilla, y el conflicto del Sahara, el objetivo fundamental que mueve a esos hombres y a los grupos o partidos políticos que ellos todavía dirigen.
Junto a ellos, pero muy anterior en el tiempo, existe el poder central o Majzen, con la monarquía alauita a la cabeza, con sus propios cortesanos, sus propios mecanismos internos, sus propios objetivos y sus familias majzenianas, entre las cuales tampoco hubo ninguna renovación generacional, con sus propios intereses, y su poder basado en el Ejército y la Policía que actúan como un círculo tangencial del otro poder popular a que aspiran los partidos políticos.
Los partidos políticos actuales, que constituyen quizá lo moderno, o con posibilidades de modernidad, de Marruecos, adquirieron legitimidad histórica precisamente en la lucha por la independencia contra las potencias colonizadoras de Marruecos, Francia y España, y es ese combate el que les legitima constantemente y justifica su existencia.
Las dificultades objetivas que encuentran en su camino los partidos políticos para ocuparse de los asuntos internos o de poder influir realmente en las concepciones. estrategias y orientaciones económicas del Estado, les lleva a concentrar lo esencial de su atención en la política exterior, y muy concretamente dentro de ella en el conflicto del Sahara y en la reivindicación de Ceuta y Melilla.
Desde la firma de los acuerdos tripartitos de Madrid de 1975 sobre el Sahara, la cuestión de Ceuta y Melilla ocupó ampliamente a los partidos políticos marroquíes. Es el Istiqlal, origen de todos los demás partidos, el que más dificultades tuvo en expresar su opinión debido a las servidumbres que impuso su participación en el Gobierno y la necesidad, en consecuencia con ello, de adaptarse al ritmo que el rey Hablan II ha deseado imprimir a esta reivindicación.
Así, mientras que el partido como tal afirmaba el 7 de diciembre de 1980 que era necesario reiterar el planteamiento de la reivindicación de Ceuta y Melilla ante los organismos internacionales y movilizar al pueblo marroquí para que emprenda lo que exige el deber nacional, el secretario general del partido, y ministro de Asuntos Exteriores, M’Hamed Bucetta, adoptaba una actitud conciliadora ante el Parlamento, más acorde con la serenidad que el rey Hablan II quiere imprimir a su reclamación.
Los socialistas marroquíes, después de salir en 1978 de un largo período de ilegalización, llevaron a cabo, hasta que fueron ilegalizados de nuevo en 1981, una activa campaña de movilización y sensibilización sobre este tema. Para ellos, Marruecos no tiene por qué esperar necesariamente que España solucione su problema con Gran Bretaña a propósito de Gibraltar.
Esta impaciencia ya estuvo clara en su congreso III de octubre de 1972, cuando resumían así su postura: Es necesario exigir una clara definición del Gobierno respecto a la reivindicación de Ceuta y Melilla, y estar dispuestos al combate por la liberación de esos territorios por los únicos medios que el colonialismo conoce, y que son los ya utilizados por el Ejército de liberación del Sur.
La decisión del último Gobierno de UCD de solicitar el ingreso de España en la Alianza Atlántica, autorizada por el Parlamento español en octubre de 1981, motivó la nueva premura marroquí por solucionar este tema. El ministro de Asuntos Exteriores, M’Hamed Bucetta, no tardó en reaccionar a esta decisión y declaró en noviembre de 1981: Si España quiere ingresar en la OTAN eso es asunto suyo. Lo que nos concierne es la responsabilidad que asumimos en el estrecho, y partiendo de ella, tenemos también una opinión que dar en todas las cuestiones de defensa anejas.
Diferencias entre corona y partidos
Este es un aspecto del problema donde la monarquía alauita, el rey Hassan II, probablemente no se siente solidario con sus partidos políticos. Precisamente, bajo inspiración suya, y motivado fundamentalmente por el temor producido en Marruecos por la llegada de los socialistas al poder en Francia. 1981, el Gobierno marroquí firmó importantes acuerdos militares con Estados Unidos, que estipulan la disponibilidad de todas las bases marroquíes para la fuerza de intervención rápida norteamericana.
La mayoría de los partidos políticos, Istiglal, Socialista y Comunista, sobre todo, expusieron ciertas reservas ante estos acuerdos de cooperación militar norteamericano-marroquí, reconocidos por primera vez públicamente por Marruecos durante la visita a Marrakech, en febrero de 1982, del secretario de Estado norteamericano. Alexander Haig.
A diferencia de sus partidos políticos, el rey Hablan II ha sugerido públicamente la solidaridad de su país con Occidente en general, y con la Alianza Atlántica en particular. En enero de 1982 afirmaba, durante una conferencia de prensa en París, que no se puede ignorar que el Atlántico llega hasta Africa del Sur.
La llegada de los socialistas españoles al poder en Madrid a fines de 1982 vino a aportar un nuevo impulso a la reivindicación marroquí al exigirle todos los partidos políticos y el propio Gobierno marroquí al PSOE en el poder que actúe de acuerdo con los principios democráticos y anticolonialistas que se suponen constituyen la base de sus convicciones políticas.
Es muy difícil predecir cómo evolucionará la inevitable confrontación con Marruecos por Ceuta, Melilla y las islas adyacentes a la costa marroquí. El rey Hassan II se considera actualmente en una confortable posición militar en el Sahara, aunque la guerra le sigue costando tres millones de dólares diarios. la economía del país se encuentra en una situación lamentable, pero la crisis mundial, aunque sólo sea comparativamente, resta importancia a este aspecto.
Un triunfo político en lo que concierne a Ceuta y Melilla contribuiría a redorar su blasón, después de las responsabilidades que le encomendaron los árabes en la cumbre árabe de Fez de noviembre de 1982.
La intransigencia de las partes. España al pretender que es un asunto puramente interno, y Marruecos al contentarse con afirmar que Ceuta y Melilla son marroquíes. ha impedido que sea abordado o debatido el verdadero trasfondo del problema: el futuro de las poblaciones españolas que, independientemente de la solución que se dé en su día al contencioso, llevan varias generaciones viviendo en Ceuta y Melilla y tienen allí su vida, su trabajo y sus intereses.
He aquí, resumidas también, las pocas propuestas que se han anticipado hasta el presente sobre esa dimensión del conflicto. Estas propuestas parten todas de Marruecos:
Primero: Hacer de Ceuta y Melilla dos ciudades autónomas, de soberanía marroquí reconocida, pero cedidas por contrato a veinte o treinta años por Marruecos a España.
Segundo: Conceder a todos sus habitantes la posibilidad de optar por la doble nacionalidad. doble sistema de cultos. de enseñanza, legislativo, también por un período prolongado.
Tercero: Repartir la administración y las responsabilidades entre españoles y marroquíes a la manera del reparto practicado en otras ciudades o países pequeños multiconfesionales.
Cuarto: El reconocimiento de la doble nacionalidad, y de la soberanía marroquí sobre esos territorios. a cambio de la firma de un convenio a largo plazo de asentamiento, que no ponga en tela de juicio ni a las personas ni a los bienes (5).
NOTAS
(1) El rey Hassan II explica en su libro El desafio (Albin Michel, 1976) su discurso del 25 de noviembre de 1975. de esta manera. Pensé que era mi deber pronunciar palabras de paz y reconciliación
(2) Hassan II, Op cit
(3) El tema de la cooperación a largo plazo. para el año 2000. surgió en las entrevistas celebradas por Pérez Llorca. durante su estancia en Marruecos para acompañar al rey Hassan II a inaugurar los trabajos del complejo químico Maroc-Phosphore II y IV. En la audiencia concedida el 13 de marzo de 1982 por el rey al ministro español, asi como en la audiencia concedida por el monarca al ministro de Agricultura y Pesca, José Luis Alvarez, cuatro dias más tarde.
(4) Después del encuentro de Barajas, Allal el Fassi declaró que España intenta con un espiritu más liberal soluciones posibles al problema de los territorios saharianos, los únicos que interesan a Marruecos por el momento. en un claro respaldo a la decisión real (Ver Le Monde. 23 de noviembre, 1962.)
(5) Abderrahim Buabid. secretario general de la USFP. a el autor en 1979.
BIBLIOGRAFIA BASICA
Attilio Gaudio: “Allal el Fassi ou l’histoire de l’lstiqlal”, Editions Alain Moreau. 1972.
Allal el Fassi: “Livre Rouge avec documentation”. Editions Peretti. Tánger, 1961.
Rachid Lazrak: “Le contentieux territorial entre le Maroc et l’Espagne”. Dar el Kitab. Casablanca, 1974.
Mohammed Lammouri: “Le contentieux relatif aux frontiéres terrestres du Maroc”. Casablanca, 1979.
Príncipe Mulay Abdallah: “Les nouvelles régles du Droit de la Mer et leur application au Maroc”, Libraire Générale de Droit et de Jurisprudence. Paris. 1981
USFP. IIIéme congrés national Casablanca, 8, 9, 10, decembre 1978. Rapport de synthése du Bureau Politique.
Robert Rezette: “Les enclaves espagnols au Maroc”. Nouvelles Editions Latines, 1976.
Antonio Troncoso de Castro: “Ceuta y Melilla, 20 siglos de historia de España”. Edit. Vasallo de Mumpert. 1981
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